miércoles, 9 de marzo de 2011

La herencia

La Herencia

Las personas que transitaba por el camino que lleva al rio, permanecía largo rato viendo como aquel hombre de edad muy avanzada, con la ansiedad  de un joven, se afanaba en horadar la tierra para sembrar aquellos árboles.
A todos les resultaba incompresible  aquella decisión del anciano, por sembrar con tanta ilusión eso frutos que quizá  su paladar jamás gustaría.  Era evidente pues su aspecto físico así lo manifestaba, que  su vida seria ya muy breve. El tiempo no solo había coronado la nieve de su cabeza, sino que también el ocaso se reflejaba en su mirada poblándola de sombras y su cuerpo encorvado apenas si podía cargar el fardo de tantos años.
-¡pobre! Este loco- dijo uno de los mirones – para qué siembra  esas palmas y esos mangos  si ni verá su fruto, menos lo probarán.
Ajeno a los comentarios que despertaba su actitud, aquel hombre solo observaba con un esbozo de sonrisa a la gente ahí reunida. Uno de ellos sin poder ya evitar la curiosidad, dirigiéndose  al anciano pregunto:
-me causa duda y te pregunto qué tan importante motivo o razón  tienes para que estés gastando tu poca fuerza en esa empresa, sobre todo cuando no  veras sus frutos.
El sanciono guardo un profundo silencio; después, observando a quien le inquirió, esto dijo:
-         Es cierto que afirmas_; se que veré crecer mi esfuerzo ni probare sus manjares pues la sombra fría que envolverá mi cuerpo  pronto habrá de cobijarme pero igual que yo  en el pasado hubo senadores que sembraba arboles de cuyos  frutos yo guste al endulzar a mi boca joven y satisfacer a mi brioso cuerpo.
Como  yo ahora, aquellos tampoco gozaron lo que plantearon .por eso siembro estos árboles para que otros disfruten lo que a mí de joven me dieron; para compartir lo que en el ayer me hizo feliz;  para reponer lo que mi juventud gustó.

Hoy que conozco mi razón , entenderán cual Es la obsesión de mi prisa.

Reflexión




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